Monday, June 18, 2012

El humor: vivir la gracia por Ricardo Guzmán Wolffer

A Guillermo Heredia
El humor se vive, no se usa. Cuando se analiza el humor, suele dársele la calidad de escudo para afrontar la realidad, como si fuera la misma posibilidad voluntaria y consciente reír o llorar o ser indiferente respecto de cualquier cosa que nos suceda. Muchas páginas se escriben para establecer que este mecanismo “de defensa” es común en nuestro país, donde decimos burlamos de la muerte y por ello se establece que el humor es un medio y no un fin en sí mismo.

Desde la concepción griega y la medieval se establecía que los humores (entendidos como flujos o serosidades: aquello que produce el cuerpo) hacían que cada persona fuera proclive a cierto tipo de sensaciones y de sentimientos. La genética del humor se desarrollaba con el paso de la vida y el destino manifiesto de cada uno lo llevaba a la melancolía o a lo jocoso. Y en este tramo de la humanidad donde lo anterior se manifiesta bajo la etiqueta de “lo retro”, suena suficiente recordar aquellos siglos de introspección humana para comenzar a refutar esta nueva versión cuasi freudiana en la que quienes gustamos de la risa franca, ahora resulta, estamos escudándonos, con tales carcajadas, de nuestra triste realidad interior o exterior.

Las fronteras del humor son elásticas y difusas: en ellas entran, como en saco de rescate narco, los productos más heterogéneos: los chistes, el sarcasmo, las payasadas, la ironía, un libro de Quevedo, un comentario de Monsiváis y una rutina de comediante de stand up. El vulgo percibe que es humor cuanto lo hace reír. Y cada una de tales manifestaciones obedece a necesidades diversas. No es lo mismo contestar una interpelación hecha por la caterva de académicos insurrectos, que enfrentar a la clase política y su indefendible falta de cultura en general. Hacer una mínima reseña de las autoparodias involuntarias de aquellos que “nos gobiernan” requiere, precisamente, de un sentido del humor a prueba de balas para aceptar que los que nos dirigen nos “representan”, como si personificaran las cualidades de la media nacional. Quizá por eso Fox pedía a sus interlocutoras que no leyeran.

Si bien la pelandrujada franca o aquella disfrazada de eficaz sabiduría (como los versos que hacía Salvador Novo para devolver los insultos que recibía por ser homosexual) sin duda son un arma, no por ello insultar en forma socarrona es propio de personas que gustan del humor. El caso de Novo es didáctico: realizaba endechas y sonetos para evidenciar una sabiduría superior a la de sus detractores, pero la rabia que había en ellos no se podía ocultar. Lo mismo daba que hubiera insultado directamente a sus detractores; empero, en su caso se añadía un desdén por aquellos que carecían del ingenio suficiente para lograr hacer de las burlas recíprocas un encuentro de mayor nivel, e insistir en que la preferencia sexual no incide en la inteligencia ni en la creatividad.

El verdadero humor vive adentro del humorista, no afuera. Hay una diferencia abismal entre el “humor” del diputado Noroña que coloca pancartas con el rostro somnoliento del presidente para argumentar que es un alcohólico, y la percepción humorística de que el puesto que antaño se establecía como serio y formal per se, sea tan pedestre y humano como cualquier otra chamba del sector público, y que lejos de otorgar esa aureola de supremacía humana presidencial que antes llevaba al besamanos cotidiano e instintivo al resto de los mexicanos, ahora revele que esos presidentes que quieren evitar la percepción de que su baja estatura no es sólo física sino también espiritual y moral. Noroña acaso será destacable por el arrojo de querer ser portavoz de muchos y, dirán sus incondicionales, por tener un dejo de ingenio, pero nadie puede suponer que es un humorista, sino sólo un político que conoce las armas que más indignan y molestan a sus oponentes en esa extraña arena de circo en que han convertido los legisladores a la que otrora se consideraba como la máxima tribuna del país.

Quien usa el humor como defensa se vuelve cínico. Y como la mejor defensa es el ataque, el usuario del humor hace crítica. De ahí a ser revolucionario o anarquista apenas hay un paso. ¿Qué mayor crítica podía hacer Groucho Marx cuando acepta que cualquier sociedad donde él sea recibido será una en la que en realidad no vale la pena estar? Se defenestra a sí mismo, pero primero a los demás: a todos aquellos que lo reciben. El socarrón interiorista percibirá en este discurso marxista la sutil broma que evidencia cómo Groucho entiende que el simple hecho de intentar hacerse destacar en una sociedad que masifica ya constituye algo que mueve a la sonrisa y a asentir con la cabeza.

No es improbable que ambos cauces (ser o hacer el humor) desemboquen en la misma interpretación de lo que nos rodea, e incluso en igual actuar ante la realidad opresora o dulcificante, pero siempre es necesario comprender la causa para entender el efecto.

El humorista del interior es intrínsecamente sincero: logra la empatía con el entorno, más con personas de su misma sensibilidad, pues el humor no puede ser hecho voluntariamente, se produce con naturalidad. El humor es la forma de decir una frase; ésta será risible por el ingenio contenido: las herramientas de su construcción. De ahí que no se aprenda a ser humorista. Cuántos son incapaces de divertirse con un chiste que hace reír al resto de los escuchas: no sólo son los mecanismos mentales de la abstracción, sino el aroma del humor que algunos llevan dentro. El humorista tiene un filtro especial para mirar. La genialidad del gran Chaplin no se muestra en hacer mofa de Hitler en la película El gran dictador, sino en evidenciar lo ridículo en la postura de ese alemán histriónico y de copete caído en sostener que podía dominar y dirigir a Europa. La tragedia del Holocausto contrasta con la visión de Chaplin, pero la reafirma. ¿Cómo ver tal dimensión de salvajismo e intentar reírse? Con lo risible de la esencia hitleriana, contesta, sin importar cuán terribles fueran los actos del alemán. El humor de Chaplin está en su mirada, no en su obra relevante. El crítico de Hitler aprueba la burla del cineasta, no la percepción de lo hilarante en ese suicida que tristemente legó a la humanidad una muestra de las caras inocultables de la maldad humana.

La percepción de lo burlesco no es despiadada. El humorista capta la ingenuidad y la respeta. En cambio, el comediante explota la cortedad de miras del ingenuo. La risa y lo risible marcan los extremos de lo cómico, pero sólo lo definen en tanto la interiorización, no siempre consciente, del concepto y la causa. Quien mira con humor puede vivir en silencio; quien usa el humor necesariamente debe externarlo: actúa en función del impacto a terceros del sujeto y del objeto del humor como herramienta. El humorista, inicialmente de vida interior, puede desdoblar esa pasividad aparente y tornarse activo al actuar o decir el mundo que le ha entrado por su peculiar filtro de los sentidos. El John Falstaff perpetuado en la literatura y la música dice con gravedad sus bromas, pero se le sabe un “tronco de humores”. Así, el humorista nato desdobla su entorno y en ocasiones percibe su falta de sentido, lo absurdo de la realidad, que nos lleva a múltiples mecanismos de la risa, pero, sobre todo, a entender que la falta de lógica en la “organización” del orbe y sus habitantes, llama al humor esencial cuando vemos al hombre de todas las épocas buscar un orden que dé razón a su existir. En la percepción de muchas culturas, el humor esencial es el que muestra la falta o la imposibilidad de asir ese sentido que suponen: el disparate como causa primigenia. ¿No era esa la causa real de las muertes en El nombre de la rosa, de Eco? Para aquellos monjes compiladores, defensores de la explicación vertical del universo, con Cristo en la cima, resultaba insoportable suponerlo humorista (capaz de quebrar con la risa ese orden, por débil o inexistente); así justificaban el crimen como sostén del orden por ellos imaginado. Y es que sabían que la alegría mística muchas veces mencionada en la Biblia podría establecerse como una sublimación de la comicidad: un estado de espíritu de una pureza delicada y profunda, contra el sentimiento terrestre y humano lleno de defectos agresivos (ironía, sarcasmo, parodia, etcétera) a esa solemnidad que bien sirve para perpetuar el poder.

La máscara del humor resulta intolerable para quienes necesitan seriedad en su interior. Extrapolar esa postura al rostro humano desemboca en extremos insospechados. En El hombre que ríe, de Victor Hugo, el hijo no reconocido de un noble es abandonado en el campo, pero su rostro ha sido mutilado (las mejillas cortadas) para aparentar que está riendo. Cierto que en el siglo XVIII la estética era muy distinta a la actual, pero la prodigiosa novela puede sugerirse como la visualización del castigo con la mueca permanente de la falta de seriedad al sujeto que atenta contra el orden impuesto por una realeza sin escrúpulos. Si un personaje histórico muestra cómo el humor es una visión ante la vida, es el bufón de las cortes medievales: se le atribuye ser el único capaz de decir la verdad al soberano. Ante la necesidad de imponer orden en esa sociedad dividida en feudos, el rey personifica la estabilidad; es una visión que requiere el uso del poder; uno que solía culminar en abusos por carecer de contraparte. De ahí la importancia del bufón, de la encarnación de lo burlesco, con la atribución de sugerir el humor como una perspectiva a considerar.

Quizá la parte más debatible sobre esta dicotomía entre ser humorista y hacer el humorismo es establecer los insumos de la contratragedia. Y es que ante la forma de ver la vida de las clases dominantes o las élites ilustradas, donde sin duda habrá verdaderos humoristas, va aparejada la posibilidad de registrar esa visión, su retroalimentación con cáusticos de otras épocas y países, y a sus mejores representantes. Es ahí donde se producen más libros y, ahora, videos o discos. Por su parte, las clases menos privilegiadas económicamente y con mínimo acceso a la producción de registros, que no por ellos menos representantes de la cultura local, se enfrentan a la dificultad (si es que les interesa) de perpetuar su percepción de la vida y sus dificultades. Mientras en áreas donde hay acceso editorial o registral se puede percibir en el humor de una época, en otros lugares apenas se cuenta con la opción de persistir el humor mediante la tradición oral. Chava Flores y sus eficaces crónicas parecen carecer de contrapartida en otras latitudes mexicanas, ni se diga en áreas rurales. Tendrá unas décadas que se busca hacer perdurar las historias de los tremendos mentirosos que abundan en el sureste mexicano y otras regiones. No me refiero a los políticos preciosos, sino a los sabios anónimos que rebosan de esa capacidad de reconocer en sus vecinos y “gobernantes” la pretensión, la pomposidad y lo absurdo. Los concursos de mentiras comunes en el medio rural carecen del registro suficiente que muestre su agudeza inmanente. Apenas la expresión musical (corridos, chilenas, huapangos, etcétera) da nota de ese humor ácido y muchas veces autoflagelante, cuando se puede afirmar que parte de la complejidad política nacional viene de una visión del mundo bastante humorística y con ello entender que los gobiernos impuestos no sólo pueden ser motivo de escarnio, sino que tampoco merecen ser perpetuados. En países industrializados, donde se privilegia el confort y la acumulación de bienes, el humor suele tener la función de un sedante para las clases medias, que prefieren vivir sin riesgos. Se especula sobre el hecho de que el miedo a la pobreza mate cualquier atisbo de portar la risa por dentro.

Habrá quien quiera ser humorista, pero su ser lo lleve a la tragedia y a la melancolía. No importa. Ser el humor o vivirlo como usuario nos hará libres: si todo es pasajero, no habrá de ser tan importante.

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